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Con las actuaciones de Leonor Manso y Paloma Contreras, esta propuesta teatral invita a reflexionar sobre el paso del tiempo, el final de la vida y la compleja relación entre una madre y su hija.

Sentadas en grandes sillones que funcionan como refugio, trono y espacio de confrontación, Leonor Manso y Paloma Contreras construyen en El precipicio un encuentro íntimo atravesado por la memoria, el desgaste y la necesidad de decir aquello que durante años permaneció en silencio. La puesta apuesta por una escena despojada, concentrada casi por completo en los cuerpos, las voces y las pausas de sus intérpretes. Esa elección potencia la cercanía del vínculo, aunque también expone el riesgo de que la acción quede demasiado subordinada a la palabra.

La obra transita entre la relación madre-hija y el vínculo entre dos mujeres atravesadas por la actuación. Sus conversaciones, recuerdos y confesiones no avanzan de manera lineal: se repliegan, se repiten y vuelven sobre heridas antiguas, como si el diálogo fuera menos una búsqueda de respuestas que una forma de resistir al silencio. El dispositivo escénico convierte el intercambio en una suerte de sesión terapéutica, pero también en un duelo de perspectivas: ambas intentan cuidar, comprender y, al mismo tiempo, imponer su propia versión de la historia compartida.

Leonor Manso encarna a una mujer que comienza a enfrentarse con el final de sus días y con todo aquello que implica mirar hacia atrás. Su actuación se sostiene en una notable economía de recursos: una inflexión de la voz, una pausa prolongada o un gesto apenas desplazado alcanzan para revelar cansancio, ironía, temor y lucidez. Manso evita convertir la vejez en una imagen meramente vulnerable y compone un personaje contradictorio, capaz de reclamar atención y rechazarla, de buscar consuelo y defender con dureza su autonomía. Su presencia escénica concentra buena parte de la tensión de la obra.

Paloma Contreras, por su parte, construye una hija atravesada por el afecto, la culpa y el agotamiento. Su interpretación encuentra fuerza en la incomodidad: no representa un cuidado idealizado, sino una tarea cargada de ambivalencias, frustraciones y límites. En el contrapunto entre ambas actrices aparece uno de los mayores aciertos de la puesta. La relación no se organiza alrededor de una víctima y una cuidadora, sino de dos mujeres que se necesitan y se hieren, que intercambian los roles de madre e hija y que descubren que el amor no siempre alcanza para reparar una historia.

El vestuario, con capas de tonos rojos y fucsias que luego dan paso a prendas más austeras, acompaña los distintos climas de la puesta. El pasaje cromático sugiere un despojamiento progresivo, aunque su simbolismo resulta en algunos momentos demasiado evidente. La iluminación y la disposición frontal de los cuerpos refuerzan la exposición de las intérpretes y sostienen una atmósfera de intimidad vigilada. La obra confía en que el espectador observe no solo lo que se dice, sino también el modo en que los cuerpos se repliegan, se tensan o se sostienen mutuamente.

Los toques de humor introducen una respiración necesaria en una propuesta dominada por la melancolía. No funcionan únicamente como alivio, sino también como una forma de resistencia: reírse de la enfermedad, de la edad o de los rituales familiares permite a los personajes recuperar por un instante el control sobre aquello que los amenaza. Sin embargo, el texto insiste de manera reiterada sobre sus núcleos temáticos y, en algunos pasajes, esa insistencia vuelve previsible el recorrido emocional. La obra parece confiar más en la explicitación de sus preguntas que en la potencia de sus silencios, cuando justamente sus mejores momentos aparecen allí donde no explica por completo lo que está ocurriendo.

El precipicio pone sobre la mesa preguntas difíciles y necesarias: qué significa envejecer, cómo nos enfrentamos a la idea de la muerte y de qué manera miramos a quienes transitan esa etapa de la vida. Su mayor valor reside en no presentar la vejez como un problema individual, sino como una experiencia atravesada por la mirada social, por la dependencia y por la incomodidad de quienes no saben cómo acompañarla. La muerte, más que un acontecimiento futuro, aparece como una presencia que reorganiza los vínculos y obliga a revisar aquello que se creyó definitivo.

La propuesta alcanza una intensidad genuina cuando permite que la relación entre las protagonistas se vuelva imprevisible y contradictoria. En cambio, pierde fuerza cuando subraya demasiado sus conclusiones o transforma la conversación en una sucesión de afirmaciones sobre el paso del tiempo. Esa tensión entre la sutileza de las actuaciones y la literalidad de ciertos momentos del texto define buena parte de la experiencia: hay una puesta sensible y rigurosa, aunque no siempre logra confiar plenamente en la inteligencia del público.

Aun con esas irregularidades, la obra encuentra su fuerza en la intimidad del vínculo y en la calidad de sus intérpretes. El precipicio no ofrece respuestas tranquilizadoras ni una representación complaciente de los afectos familiares. Su apuesta más valiosa consiste en mostrar que cuidar también puede ser una forma de conflicto, que recordar no siempre permite reconciliarse y que hablar de la muerte implica, sobre todo, revisar la manera en que estamos viviendo.

Una experiencia teatral exigente y por momentos asfixiante, sostenida por dos actuaciones de gran precisión y por un dispositivo escénico que convierte la quietud en tensión. La obra invita a detenerse, escuchar y reflexionar sobre el tiempo, los afectos y la fragilidad de la vida, aunque su impacto habría sido mayor si hubiera confiado más en la ambigüedad y menos en la reiteración de sus planteos.

EL PRECIPICIO

Dramaturgia y dirección Sofía Wilhelmi

Versión libre de Un día fui yo de Lucía Miranda y Miguel Cuerdo

Elenco: Leonor Manso y Paloma Contreras

Funciones: Sábados 10 y 17, y domingos 11 y 18 de octubre, 18 horas Sábado 24 y domingo 25 de octubre, 17 horas

Duración: 50 minutos

Valor de las localidades: Platea $ 22.500 Pulman $ 15.000

Dónde: Cine Teatro El Plata,

Dirección: Avda. Juan Bautista Alberdi 5765

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