En el Teatro Picadero, esta obra propone un viaje por las complejidades de las relaciones humanas, las palabras que intentamos desentrañar y los lazos que, aun cuando parecen agotados, continúan manteniéndonos unidos.
¿Qué sucede cuando una pareja lleva 25 años de matrimonio y descubre que ya casi no tiene nada en común? ¿Cómo se construye una identidad propia cuando el entorno familiar parece ocuparlo todo? Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando alguien inesperado irrumpe en una dinámica que parecía establecida para siempre
Esas preguntas atraviesan Amaru, la obra que llega al escenario del Teatro Picadero con una historia que se mueve entre las tensiones familiares, el deseo, la fascinación y las distintas realidades que pueden convivir dentro de un mismo vínculo.
En el centro de la trama hay un matrimonio que lleva un cuarto de siglo compartiendo la vida y un hijo adolescente que comienza a sentir el peso de una convivencia particular. Sus padres tienen una costumbre singular: desmenuzar las palabras, buscarles significados, analizar aquello que otros dejarían pasar. Para ellos, el lenguaje parece ser una forma de comprender el mundo; para su hijo, en cambio, esa insistencia se ha convertido en una prisión de la que necesita escapar.
La aparición de Amaru, una joven a quien el muchacho quiere presentarles después de una situación en la que ella le salva la vida, altera ese universo doméstico. Lo que inicialmente parece un encuentro familiar más comienza a tomar un rumbo inesperado. La joven despierta el interés de ambos padres y se convierte en una presencia capaz de cautivarlos, poniendo en evidencia las carencias, los deseos y las contradicciones que permanecían latentes.
Amaru —nombre que remite a una serpiente sagrada— introduce una energía diferente en ese espacio. Su juventud y su particular manera de estar en el mundo funcionan como una fuerza que desacomoda las estructuras y deja al descubierto aquello que los personajes quizá ya no pueden encontrar dentro de sus propios vínculos.
Una familia atrapada en sus propias palabras
Uno de los aspectos más interesantes de la obra es la manera en que aborda el desgaste de una pareja que permanece unida, aunque sus integrantes parezcan haber perdido buena parte de aquello que alguna vez los conectó. La convivencia continúa, pero la cercanía no necesariamente implica entendimiento. A veces, incluso las conversaciones más elaboradas pueden convertirse en una forma de distancia.
En paralelo, el hijo intenta encontrar su propio lugar, diferenciarse de sus padres y construir una vida que no esté determinada por las reglas familiares. Sin embargo, salir de ese universo no parece tan sencillo. Los vínculos pueden funcionar como refugio, pero también como una red difícil de desarmar.
La llegada de Amaru modifica el equilibrio y abre la puerta a situaciones que parecen desplazarse entre distintas realidades. La obra juega con esa sensación de extrañamiento, en la que lo cotidiano comienza a transformarse y las relaciones adquieren nuevos sentidos.
Una escenografía que también habla
La propuesta visual acompaña ese clima particular. Una estructura de escalinatas revestidas con una superficie que evoca el césped artificial constituye el espacio central de la puesta. Los personajes suben y bajan, recorren distintos niveles y parecen transitar ambientes que, sin estar delimitados de manera convencional, sugieren los diferentes espacios de la casa.
Esa disposición escénica contribuye a una atmósfera que se aleja del realismo tradicional y refuerza la idea de un universo en permanente movimiento. Los desplazamientos pueden leerse también como una metáfora de los vínculos: los personajes se acercan, se alejan, intentan encontrar una salida y vuelven a quedar atrapados en la misma dinámica.
Amaru propone así una mirada sobre las relaciones familiares y de pareja, sobre la dificultad de romper con aquello que nos define y sobre la necesidad de encontrar un espacio propio. Una historia que invita a preguntarnos cuánto conocemos realmente a quienes tenemos cerca y qué sucede cuando una presencia inesperada nos enfrenta con aquello que preferimos no mirar.
Porque, a veces, no hace falta que alguien derribe las paredes de una casa para cambiarlo todo: basta con que llegue y altere las reglas que parecían inamovibles.
TEATRO PICADERO
Teatro Picadero. Pasaje Santos Discépolo 1857. CABA
Sábados a las 22 hs.
Entradas en www.plateanet.com o en boletería del teatro
FICHA TECNICA
Dramaturgia: Andrea Garrote
Dirección: Andrea Garrote y Carolina Stegmayer
Elenco: Andrea Garrote, Marcos Ferrante, Fiamma Carranza Macchi y Julián Cnochaert
Diseño de Escenografía e iluminación: Santiago Badillo
Diseño de Vestuario: Pheonia Veloz
Diseño gráfico: Martín Gorricho
Diseño sonoro y música original: Ismael Pinkler
Fotografía: Nacho Lunadei
Comunicación en redes: Bushi contenidos
Prensa: SMW asesores de prensa
Asistencia de dirección: Luna Pérez Lening
Producción Ejecutiva: Bárbara Rapoport.
Producción General. Sebastián Blutrach








