La celebración data de 2015, cuando en Argentina se declaró por ley (Ley 27.117) la existencia de este día. El propósito es promover el reconocimiento permanente de una de nuestras costumbres más representativas y arraigadas, como es la del mate.
Para recobrar fuerzas,
Para aguantar más.
Así decían las abuelas al levantarse; en el campo o en la ciudad, unos mates para ahuyentar el sueño de la mañana. En la oficina, hacen más amenas las horas de trabajo; en la clase, acercan al profesor y los alumnos. “A ver si también me convidan un mate, chicos”, suele escucharse, sobre todo en invierno.
De vacaciones, en la playa, animan a quien sale del mar cansado; en la montaña confortan al que recién entra a casa con escarcha en el gorro.
El que va a cebar llena el mate hasta la mitad y algo más, lo tapa con la mano y lo sacude varias veces, agitándolo. Moja un poquito de la yerba con agua fresca. Cubre el pico de la bombilla y la hunde en la yerba humedecida, no vaya a ser que después se quejen de que el mate está tapado.
Y enseguida comienza a llenar la calabaza o el cuenco de piedra, el cacharro de cerámica o la vasija de madera, la obra de un consagrado orfebre o el jarrito humilde de metal enlozado, el mate de los camioneros.
Con cualquiera de ellos sale bien: un buen cebador no depende del mate que tenga a mano. El agua caliente, sin que haya hervido, por supuesto, forma tanta espuma que toda la ronda queda admirada.
Luego de varias pasadas, casi toda la yerba está seca; ¡hay mate para rato!
Destinatario de secretos y confesiones sosiega las angustias, recompone al que llega apenado. “Dale, contámelo mientras tomamos unos mates”, se interesa el anfitrión mientras pone la pava en el fuego.
Compañero también en los momentos de estudio, de pena, de alegría, de bienvenida y agasajo al invitado, porque…”Esto es para un brindis, ahora voy a preparar un mate”